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Arboles muertos y mucha tinta

Literatura basura, comics extraños, fotonovelas deformes... La cultura popular que pocos miran, regurgitada aquí

MÉDICOS, POLICÍAS Y VAQUEROS: Una aproximación a la figura de Max Brand

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por Armando Boix

 

Cuando en el ya lejano 1917 Robert Hobart Davis, director literario de la cadena de publicaciones de Frank A. Munsey —entre las que se contaban «The Argosy», «All-Story» o «Cavalier»— vio entrar en su despacho a un joven de veinticuatro años llamado Frederick Shiller Faust con una carta de recomendación, debió sentir, imagino, una justificada irritación. Davis recibiría a diario docenas de manuscritos de aspirantes a escritor y no pocas visitas como aquella. Optó entonces por una estratagema para librarse de Faust: entregarle un manojo de papel y sugerirle una trama, pidiéndole que volviera cuando hubiera escrito la historia. Su sorpresa fue enorme al verle regresar, antes de terminar el día, con el relato concluido con un acabado perfectamente profesional.

Aquel relato, Convalescente, fue la primera obra publicada de Frederick Faust, más conocido por el lector norteamericano como Max Brand, en su época uno de los más populares escritores del género western, a la altura de Zane Grey, otro autor que inició su andadura en las revistas pero mucho más conocido en España, y por encima de otros especialistas como Walt Coburn, Ernest Haycox, W. C. Tuttle o Clarence Mulford.

Faust era un joven universitario de extraordinaria cultura, fascinado por la antigüedad clásica y con aspiraciones de poeta, nacido en 1892 en Seattle. Aunque su inclinación natural no le dirigía hacia la literatura «barata», no pudo elegir mejor el campo de su trabajo. Desde mediados del siglo XIX el western se había convertido en el género más genuinamente americano gracias a las primeras dime novels —el nombre procedía de la moneda de diez centavos—, que popularizaron las figuras de diversos aventureros del oeste cuando aún vivían, como Buffalo Bill o Calamity Jane, de modo tan exagerado que ni ellos mismos debían reconocerse, aunque en algún caso se aprovecharan de la fama.

Faust no recurrió a figuras históricas para sus narraciones, ni siquiera los parajes en las que discurren pretenden reflejar localizaciones muy pronto célebres en el imaginario popular. Lo cierto es que estaba muy poco interesado en el Oeste real y sus novelas se caracterizan por su tono mítico, que trasladan en buena medida las leyendas de la antigua Grecia, con toda su magia y violencia, al escenario de la frontera. Así, su Hired Guns es una particular versión de la Iliada, Trailin del drama de Edipo y Pillar Mountain de la historia de Teseo. Otro claro ejemplo es el ciclo protagonizado por Dan Barry, en el que Faust aúna el western tradicional con el género fantástico. La primera novela de esta serie —y primera también en aparecer en forma de libro— fue The Untamed (1919), a la que siguieron pronto The Night Horseman (1920), The Seventh Man (1921) y Dan Barry’s Daughter (1923).

No obstante lo expuesto, no debemos magnificar la figura de Faust usando como baremo su éxito comercial. Por cuanto he podido juzgar, y teniendo siempre en cuenta que la muestra publicada en España es insignificante, la obra que firmó como Max Brand no es en modo alguno un prodigio de estilismo literario —si lo fuera, seguramente no habrían cosechado ese éxito—. Su prosa es puramente funcional, sin alardes formales, con el diálogo como eficaz protagonista, en forma de frases breves, sencillas, aunque no pocas veces ingeniosas; un estilo no muy lejano al que pronto aplicará la «escuela dura» del relato policial norteamericano. Las tramas, desarrolladas de forma lineal, están construidas de forma que guían al lector sin esfuerzo y, aun al que muestra poco interés, lo deja intrigado por saber qué sucederá tras el final de cada capítulo, que el autor suele cerrar en el momento oportuno para obligar a seguir adelante.

Si bien las revistas pulp no eran muy generosas a la hora de pagar a sus autores, se dice que Faust ganó la sorprendente suma de 8.281 dólares en sus nueve primeros meses como autor, ingresos que debió ver multiplicados con su inmediato salto a la edición en libro. Pero lo más importante es el altísimo ritmo de trabajo que mantuvo a lo largo de su vida, hoy casi inverosímil, publicando alrededor de treinta millones de palabras, para las que utilizó, aparte del de Max Brand, un gran número de seudónimos, como Frederick Frost, Walter C. Butler, Martin Dexter, George Owen Baxter, David Manning, Johan Frederick, etc.

Enriquecido, se trasladó a vivir a Italia, donde, cómodamente instalado en una villa renacentista cerca de Florencia, dedicaba media jornada a sacar un folio tras otro de su máquina de escribir, con facilidad pasmosa, y el resto a componer a mano y morosamente sus poemas de gusto clásico, su verdadera vocación y las únicas obras que firmó con su nombre —aunque nunca obtuviera ningún reconocimiento por su poesía, mientras sus novelas como Max Brand eran seguidas con fidelidad por millones de lectores—.

Pese a su éxito como autor del Oeste, Frederick Faust no se acomodó a las fórmulas fáciles y exploró también otros géneros. Al tema de las civilizaciones perdidas dedicó las novelas The Garden of Eden (1922) y The Smoking Land (1937), y fue autor, entre los años 1935-36, de una serie de relatos negros de carácter humorístico, protagonizados por los sargentos de policía Angus Campbell y Patrick O’Rourke, para la revista «Detective Fiction Weekly». También obtuvo una extraordinaria acogida con la creación del doctor Kildare, protagonista de una serie de ambiente médico, que muchos años después llegaría a la televisión, como tantos héroes literarios de entreguerras —El Santo y Perry Mason son ejemplos paradigmáticos—.

Las novelas de Max Brand fueron llevadas a la pantalla en bastantes ocasiones, en especial con Tom Mix, la estrella western del momento, como protagonista. De todos modos, su obra con mejor adaptación cinematográfica es Destry Rides Again (1930), rodada en 1939 por George Marshall —y estrenada en España como Arizona—, con James Stewart y Marlene Dietrich en sus papeles principales, sobre una atípico sheriff que consigue mantener el orden en su ciudad sin recurrir a los revólveres. El citado Dr. Kildare fue objeto de toda una serie de dieciséis largometrajes de la MGM, con Lew Ayres en el papel de Kildare y Lionel Barrymore como su compañero doctor Gillespie. La primera película de esta serie, Internes Cant’t Take Money, data de 1937, y la última, Dark Delusion, de 1947.

En sus últimos años el mismo Faust se trasladó a Hollywood y trabajó para la Warner Bros. y la MGM como cotizado guionista —colaboró con William Faulkner en Adventures of Don Juan—, aunque la II Guerra Mundial, que le había hecho salir de Europa, le apartó pronto de esta actividad. Como tantos escritores norteamericanos, Frederick Faust se incorporó a la contienda no con las armas en las manos, sino con el cuaderno de notas del corresponsal, quizá por su conocimiento del escenario.

Desgraciadamente encontró la muerte en el desempeño de esta tarea en Italia en 1944

23/10/2014 14:33 roberto #. Libros westerns

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